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23 Septiembre 2008

LUGONES, LA PATRIA Y LOS ANTEOJOS DEL COLONIZADO

“Mejores ojos para ver el país”, reclamó la presidenta en un discurso reciente frente a sectores de la burguesía nacional; esa misma burguesía que –dicho sea al pasar- las más de las veces demostró sufrir de miopía congénita para todo aquello que escapara a sus mezquinos intereses de corto, cortísimo plazo. Pero vayamos a la frase. Pertenece, mutatis mutandis, a uno de los máximos y más contradictorios poetas argentinos: Leopoldo Lugones. En su poema de 1910 “A los Andes” escribió:

Yo que soy montañés sé lo que vale

la amistad de la piedra para el alma.

La virtud en los montes se humaniza,

cual toma buen olor la hierba amarga,

y la pálida fuerza de los mármoles,

por los cascos de hielo anticipada,

abre en la libertad de su belleza

ojos mejores para ver la Patria.

Como decíamos, Lugones fue un hombre contradictorio, aunque José María Rosa (“Historia Argentina”, Tomo 11, ed. Oriente,1980, p. 71 a 90), que sólo le reconoce “el mérito de haber querido comprender a MARTIN FIERRO en un medio intelectualmente extranjerizado como la Argentina del Centenario”, ve en las aparentes contradicciones del poeta una coherencia de fondo determinada por su propósito esencial de “acabar con el cristianismo, ‘religión de obediencia’.”

El primigenio progresismo de Lugones no le impidió en 1903 apoyar la candidatura presidencial del conservador proinglés Manuel Quintana. No lo hace –según Rosa- porque haya dejado de ser libertario o progresista, sino porque “se ha dado cuenta que los ‘de arriba’ también lo son, mientras ‘los de abajo’ se inclinan peligrosamente “al dogma de la obediencia’ a un caudillo”. (p. 75).

En aquella ocasión Lugones afirmó haber comprendido que “la lucha no ha de entablarse con el lobo burgués, sino con el endriago del caudillo”, agregando que “es condición esencial (…) sentar de modo inconmovible el principio de autoridad” para que el endriago no perturbe “la verdadera libertad”. Rosa comenta que con esta actitud se adelantaba a los socialistas del ’45 y a Américo Ghioldi en 1976 (p. 76).

Dice también Rosa que a partir de 1903 “una patria retórica, sin pueblo, ni sangre, ni historia” será depositaria “de su necesidad de culto como antes lo fue la Revolución Social”. Y concreta: “No ha cambiado su anarquismo; solamente ha madurado su liberalismo”. (p. 76).

“Su patriotismo formal –continúa el historiador- trasciende los hitos fronterizos: rechaza ‘nuestra América’, de Carlos Octavio Bunge y Manuel Ugarte, y de manera superlativa el ‘solar de la raza’, que Enrique Larreta y Manuel Galvez han encontrado en España. Desdeña el hispanismo de antes y de ahora, de América o de Europa. Otra cosa sería una América panamericanizada, pues los Estados Unidos nos pueden beneficiar más que España o las republiquetas de habla española”. (p. 78-79).

“¿Amó al pueblo?... Sí, un pueblo que estaba como MARTIN FIERRO en su imaginación o sus esperanzas, pero nunca encontró en la realidad”. (p. 79)

En 1923 comienza a alentar “el culto de la patria” y a despuntar su nacionalismo, aunque él nunca lo llamó de ese modo. “Un nacionalismo grato a La Nación, que aplaude los juicios del orador; un nacionalismo aceptable que no perjudica la historia liberal ni al imperialismo dominante, tabúes de la gran prensa. No era una posición revolucionaria como la de Mussolini (sic), sino conservadora; no aspiraba a conquistar una patria futura o reconquistar una perdida, sino defender la patria visible, y legible, que encontraba ante su ojos”. (p. 80).

Pese a concordar en buena parte con estos conceptos, creemos que Lugones es un universo que Rosa no acaba de explorar en profundidad. No se puede negar el sentido nacional que inspira las páginas de “Romances del Río Seco”, por ejemplo, su libro póstumo, o la prosa barroca de “La Guerra Gaucha”, cuyas notables estampas hacen justicia a la participación del pueblo llano en la lucha por la independencia. Lugones era fundamentalmente un poeta y algunas de las mejores (y más nacionales) páginas de nuestra literatura las debemos a su inspiración.

Sospechamos, sin embargo, que la presidenta tomó la frase no de Lugones (a quien hoy ya muy pocos leen) sino de Arturo Jauretche, quien solía citarla frecuentemente en su incesante tarea de docencia patriótica. Cristina ha confesado en muchas ocasiones su rendida admiración por el pensador de Lincoln, quien más certero que su amigo Rosa apunta que Lugones, también careció de esos “ojos mejores” que reclamara a sus compatriotas, casi obsesivamente, durante toda su vida, porque su error estribaba en el falso enfoque utilizado para observar la realidad nacional. “Así anduvo Lugones –afirma Jauretche- cambiando de posición y de nada le valieron los nuevos ojos porque siempre utilizó el cristal prestado. Fue a buscar afuera el anteojo y desde su afuera, enfocó la realidad argentina. Inútilmente –como tantos- indagó en los hechos y recogió de los mismos amplias sugestiones, porque careció de la visión panorámica que da el enfoque ajustado. Cambiando de ideologías, cambió de lente, pero no acertó con el nacional que es el único lente posible, porque también Lugones era hijo de una cultura que partía de la premisa misma de ‘civilización y barbarie’, que está contenida en la base de la superestructura cultural y es como el denominador de la misma y da los cartabones para el juicio sobre nuestros acontecimientos.

“Sí, ojos mejores –reclamaba por último Jauretche-, ¡pero para mirar desde aquí!”. (La Gaceta de Tucumán, 23.7.1967).

Muchos de los asistentes al acto de la presidenta debieran releer al autor del “Medio pelo” (si es que alguna vez lo leyeron). Él fue el máximo teórico de su clase y paradójicamente sigue siendo el menos escuchado.

jcjara

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Sobre mí

Nací en Avellaneda, me crié en San Francisco Solano y estoy radicado en La Plata desde 1982. Soy profesor de Historia, recibido en la UNLP, y me he desempeñado conduciendo programas de Tango, otra de mis pasiones, en radio Provincia de Buenos Aires (AM 1270), emisora pública del primer estado argentino, en cuya discoteca cumplo funciones desde hace más de tres lustros. He publicado “Rivadavia, las provincias y la burguesía comercial porteña” (1999), en colaboración con Norberto Galasso, y participé, con una decena de biografías, del volumen conjunto “Los Malditos” (editorial Madres de Plaza de Mayo, 2005). En 2006 obtuvo el primer premio en el concurso organizado por el SIESE de Córdoba, con la monografía “Manuel Ugarte, precursor del nacionalismo popular”. También cultivo la poesía de temática popular y lenguaje coloquial urbano. En este carácter he logrado en el año 2000 el primer premio del concurso organizado por el Círculo de Poetas Lunfardos de la ciudad de Buenos Aires, dependiente de la Academia Porteña del Lunfardo. Tengo en preparación una “Historia social del tango” y una biografía del poeta y músico Cátulo Castillo.

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